Jesús, dieciocho años, inteligente, deportista, sensible, se sentía estar recluído en un cuartel en su propia casa, desde que había cruzado la edad del desarrollo; sintiendo que ninguna buena calificación, noble acción, iniciativa; eran capaces de suavizar el estigma que llevaba impuesto, debido a su constante llegada a casa, casi siempre, luego de la hora establecida: once p.m. Y él, devolvía a sus padres, considerándolos: inflexibles, duros y poco comprensivos.

Sandra y Esteban, sus padres, trabajadores, queriendo hacer de su hijo alguien de bien, pero sintiendo que perdieron algo de él, en algún lugar del camino. Ella, define a Jesús como un buen muchacho pero muy irresponsable y falto de respeto hacia la autoridad.

Descritos así, esta familia juega roles perfectos. Unos perseguidos, los otros perseguidores; sin saber siquiera que esto se perpetúa como vínculo, cuando nos dejamos llevar por lo que pensamos y creemos del otro.

Un día, el adolescente se atrevió a pedirle el carro a la madre; ella, algo confusa, cedió, pero no perdió oportunidad para decirle: -“Esta bien, pero antes de las once en casa”. El asintió, tomó las llaves y salió. Eran las seis de la tarde, y tanto su madre, como su padre, quien se integró al rato, no dejaban de pensar en lo mismo: -“Ahora se va a fregar, porque no va a responder al acuerdo. ¡Qué muchacho éste!” Y mirando el reloj, de pronto, sintieron su carro llegar y oyeron un acelerón antes de apagarlo. Eran las diez y cincuenta y seis minutos, él había cumplido. Sin embargo, cuando Jesús entró entusiasmado por su cumplimiento, su madre le quitó la llave diciéndole: -“Tú no valoras nada, ¿sabes cuánta gasolina chupas del carro cuando le das esos acelerones?” Y el padre remató: -“Es que estos muchachos no valoran nada”. Y siguió leyendo la prensa.

Así, esta familia perpetuaba su relación en base a sus consideraciones negativas del otro, negados a ver todo el mundo que podría dibujarse de ellos permitirse salir de esa caja afectiva en donde se metieron.

Cuando una relación se mueve en base a nuestras consideraciones más limitantes, éstas se convierten en vínculos afectivos, y nosotros mismos, inconcientemente, nos negamos a cambiarlos.

Si los padres hubieran valorado que su hijo había cumplido y que esto podría ser el comienzo del cambio, ellos tendrían que cambiar también la visión hacia Jesús, y prepararse para lo nuevo, cosa que los aterra, por lo tanto, se siguen aferrando a lo conocido.

Hasta la próxima sonrisa.
Carlos Fraga